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Poema incluido en la revista «Hybrido» de New York

ÁNGELES MORA
Hoy, 21 de marzo, tendríamos que estar en todo el país celebrando el Día Mundial de la Poesía, así, con mayúscula y en negrita, aunque me gustaría escribirlo con rayos de luz dorada, de sol y alegría. Pero tod@s estamos confinad@s en nuestras casas y sólo podemos comunicarnos desde la distancia, desde la claridad que entra por nuestras ventanas. Ahora parecemos islas que quieren desde lejos enviarse señales. Un poema de mi libro Bajo la alfombra, titulado “Bosque en invierno, islas” y que lleva una cita de Vicente Aleixandre: “Espadas como labios”, hablaba ya de que éramos como islas, de algún modo: Así terminaba: “La lucha está en el aire y las espadas/ son palabras afiladas,/ labios a la intemperie/ que nombran entre la niebla./ Palabras a lo lejos compartidas,/ de isla a isla.// Islas de otro archipiélago.
Quiero, de todos modos, celebrar el día mundial de la poesía, compartiendo este poema que me parece oportuno para estos tiempos difíciles. Pertenece al libro Bajo la alfombra y asimismo está incluido en mi nuevo audiolibro Contigo misma que contiene mis PoeMorias y os presentaré muy pronto, cuando dejemos de ser islas.
MIRA TAMBIÉN LA NOCHE
Y corren tiempos oscuros
BERTOLT BRECHT
Un día más
para poder mezclarnos
de nuevo en la batalla de la vida,
sin rendirnos siquiera a la evidencia
de este desierto
que a plena luz responde por nosotros.
Sin esperar milagros extendí mi cintura
al fondo de tus pasos para un largo viaje,
sabiendo que la tierra nada tiene previsto.
Los caminos terminan
y otros caminos nacen.
Crucemos puertas,
tengamos hambre, sed.
Ríos turbios se acercan, mares.
Siempre tu mano supo deshacer
el lazo más tenaz de mi tristeza.
Frente a tu cada muerte y mi cansancio,
frente a la destrucción de tantos sueños,
inventemos de nuevo las palabras,
otras palabras nuestras,
borrosas como el día que despierta,
inciertas
como cada alegría y su derrota.
Palabras
para decir ahora, que pronuncien mañana.
Ya no hay campos de honor que laven las ofensas,
sólo la infamia riega los campos de la muerte,
la sal sobre la nieve.
Vuelan a ras de tierra los pájaros y el alma
y la sombra aparece como un manto violeta
en tus ojos brillantes.
En ellos aprendí el arte de otra guerra:
guerra de resistencia,
de distancias.
Hemos vivido mucho y comprendido mucho.
Y aunque la historia finja pisar como un zapato
que ignorara sus suelas, ¿nadie escucha su ruido?
Sin esperar milagros, ligeros de equipaje,
pues perdimos los trenes y los años,
sólo un rumor lejano nos acerca
hasta el lugar sin nombre que llamamos futuro.
Con luz de ayer
hoy guiñan las estrellas.
En los tiempos oscuros
habla
de los tiempos oscuros.
Ese es el desafío:
mira también la noche
cara a cara.
Rapsoda Luis Trébol
Tenía yo que viajar desde Córdoba a Granada, en esos largos años en los que no había trenes alta velocidad para mi destino. El trayecto se hacía primero en tren, con parada en Antequera, y después en autobús hasta Granada: tres horas en total, con el tiempo de enlace en la estación de Antequera-Santa Ana.
Para evitarme madrugar al día siguiente, ya que debía estar en La Alhambra antes del mediodía, salí de Córdoba –era invierno– ya anochecido. Leía yo el libro que había preparado para el viaje, cuando el tren empezó a aminorar la marcha. Miré por la ventanilla, se veían algunas luces, pero no me pareció que hubiese llegado ya el momento de mi parada. Cuando me levanté y fui hacia la salida, el tren arrancaba de nuevo, sin que hubiese visto yo apearse a otros viajeros. Pregunté primero a la azafata, que me dirigió al responsable, y me informó de que, efectivamente, acabábamos de dejar atrás la estación de Antequera. El tren seguiría hasta Málaga. Consultó, miró los horarios, calibró. No había ya allí esa noche trenes para enlazar. Quizá un autobús, me dijo.
Y sí, llegué a tiempo de sacar un billete en la estación de autobuses dirección Granada, con salida a las 11 de la noche. Llegaríamos muy tarde, dependía del estado de la carretera y de la circulación. Compré dos chirimoyas gigantes en uno de esos bazares de-todo, la única tienda que vi abierta por los alrededores. Y llamé a Ángeles Mora.
–Lo siento, soy culpable, no sé cómo pudo pasar ni cuándo llegaré. Perdóname, no me esperes, mañana nos veremos.
El viaje, a pesar de ser yo contraria a los autobuses, no se me hizo pesado, la noche amenizada por la música de la radio que llevaba encendida el conductor.
Llegamos a la estación de autobuses de Granada a la una de la madrugada. Y cuando luego el taxi aterrizó en la puerta del hotel y yo atravesé el vestíbulo, me avisaron de que me estaban esperando. No lo podía creer. Ángeles estaba allí, con una mesa reservada para reponer fuerzas. Ángeles fresca, risueña, viva.
–Pero por favor, tan tarde…
–No te preocupes, estuve leyendo yo también, hoy dormí bastante. Y mi casa está aquí al lado.
Así fue como Ángeles Mora quiso acompañarme en mi descalabro para que no me sintiera mal, y porque ella es siempre generosa, regala prólogos y presentaciones, regala tiempo, aun en los últimos años en que tanto la requieren, después de su Premio de la Crítica y su Premio Nacional de Poesía.
Al día siguiente cumplimos con nuestro común asunto literario junto a otras autoras, que resultaron ser también compositoras de música y artistas plásticas. Estaba allí, y fue la última vez que la vimos, Mariluz Escribano, la poeta mayor en autoridad y en vida. Revivimos una vez más la Alhambra y el Generalife, con la ciudad vista desde allí.
Comimos un plato para mí nuevo que yo copié y que elaboro de tarde en tarde: Es un carpaccio de calabacín. Se corta en rodajas muy finas y se macera unas horas en limón o vinagre de manzana. Luego se escurre, se decora ligeramente con vinagre de Módena y se riega con aceite de oliva. Finalmente se saltea de queso azul desmenuzado, piñones y uvas pasas.
Cada vez que lo hago me acuerdo de Ángeles Mora, esa gran poeta y esa estupenda mujer y mejor amiga que ahora presenta sus PoeMorias
Rapsoda: Concha Gómez