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Escrito por: José Antonio Conde
Hablar de «Lugar» supone hablar de los cuatro elementos fundacionales formulados por la filosofía presocrática: tierra, aire, agua y fuego; todos ellos muy presentes en esta obra. Este libro constituye una épica del paisaje; aquí la mirada participa de todas las manifestaciones de la naturaleza, en un espacio donde proyectar el movimiento de la conciencia a través de la palabra poética.
Pero también el silencio guarda el eco antiguo de una voz, lo que nos aproxima a Maurice Blanchot cuando sugiere “que lo que se escribe resuene en el silencio, haciéndolo resonar mucho tiempo, antes de retornar a la paz inmóvil en la cual el enigma vela todavía”.
Lugar despierta en su lectura una emoción profunda, como lo hacen ciertos elementos naturales que son fugitivos, pero nos sitúan en la certidumbre de una palabra exacta e íntima, que arriesga y profundiza en los valores sensibles, como en el limpio cristal de la marisma. LEER MÁS–>

El Derecho de Propiedad Intelectual parece haber cobrado de pronto una gran actualidad. Y no me refiero a la creciente acumulación de congresos, masters, jornadas de estudio y artículos doctrinales originados por las entidades especializadas en esta materia, sino su eclosión en los medios de comunicación, redes sociales e incluso en el Parlamento y en los discursos de los políticos.
Este derecho no es, sin embargo, cuestión novedosa. Se atribuye su nacimiento al Estatuto de la Reina Ana de 1709, y se desarrolló en Europa en el siglo XIX, como es bien sabido.
La Ley Española que lo regulaba, de 1878, permaneció intacta y un tanto olvidada durante más de cien años, hasta que conseguimos sustituirla, en 1987, por una nueva Ley, moderna y avanzada, que se ha completado después, sobre todo por la expansión de las nuevas tecnologías.
Pero la cuestión ya se había agudizado con las teorías de la cultura gratuita y los partidarios de la creación intelectual sin remuneración, pues les parecía escandaloso que poetas y escritores exigieran dinero por ver publicadas sus obras que, según mantenían aquéllos, los autores las debían a la sociedad, que les dotaba de la cultura necesaria para crearlas. LEER MÁS–>
Juan Mollá.