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EL PINTOR Y CREADOR SUPERVIVIENTE DEL GRUPO CORDOBÉS
por Manuel Quiroga
Junto con Pablo García Baena el pintor y creador lírico Ginés Liébana es uno de los componentes del Grupo “Cántico” el cual trató de devolver el sentido de una poesía depurada y elegante en una España un tanto convulsa.
Liébana, nacido en Torredonjimeno (Jaén) en 1921 convivió con los poetas cordobeses desde los once años de edad, fecha en que al haber muerto su padre alguien le consiguió una beca para estudiar y, allí, compartió aulas en el Colegio La Salle de Córdoba con quienes serían luego intelectuales y creadores de la época, y ya en 1936 tenía con ellos una buena relación literaria y artística. Tras pasar por Madrid ya en 1950 se instala, se autoexilia, en París en lo que se ha denominado “un exilio alegre”, apostando por una especial belleza plástica de contenido personal que traslada a sus lienzos al tiempo que, casi atronadoramente, va construyendo una inmensa obra literaria. Ésta se compone de libros de versos, piezas teatrales, ensayos, manifiestos artísticos, desmesuras intelectuales.”A París llegué-ha dicho Liébana- huyendo de la Dictadura pero me encontré con la dictadura del arte abstracto”. LEER MÁS–>>
FERNANDO AÍNSA: ENTRE EL FERVOR Y LA IRONÍA
JAVIER DE NAVASCUÉS
En un hermoso ensayo, Adam Zagajewski define la poesía actual como una tensión desigual entre el fervor romántico y la ironía posmoderna. Desequilibrada por el peso desmitificador de la ironía, esa «eterna correctora», la poesía, dice el gran poeta polaco, corre el peligro de banalizar su mensaje. Ciertamente nunca lograremos afincarnos en la trascendencia y, después de fijar nuestra atención en las alturas, tendremos que descender a la cocina para preguntar qué hay de cenar o iremos al buzón de correos para revisar la factura de la luz. Las grandes palabras chocan con la prosa de la vida cotidiana. Pero, a la vez, «una estancia demasiado larga en el mundo de la ironía y la duda nos hace desear un manjar más diferente y sustancioso». El fervor, en definitiva, es necesario para estimularnos en la fe que mueve el lenguaje.
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Hay algo metafísico y religioso en su profundidad verbal, en sus palabras clave, aunque siempre desde la carne. También un ritmo poético personal. Antonio Tello logra alumbrar espacios universales, los trae al presente con esa belleza, y eso que parece que su esencia estuviera hecha de una mirada en apariencia concreta pero capaz de nombrar en es reducción a cierta totalidad; casi una tarea de poeta-filósofo, donde la poesía surge porque sus palabras escritas no pueden ser juntadas de otro modo sin perder una parte de su verdad, sin renunciar a la belleza, sin que sobre un solo verso, sin que uno sienta que no hay un solo poema que no está donde debe estar.
Juan Miguel Ariño