¿Qué ocurre cuando un poema deja de limitarse a las palabras y empieza a ocupar el espacio de una imagen? Desde los caligramas de Apollinaire hasta el cómic contemporáneo, poesía e ilustración han mantenido un diálogo constante. Hoy, las redes sociales han convertido esa relación en un territorio especialmente fértil.
En la obra de Leo Témez, palabra e imagen pueden entenderse como dos partes de una misma escritura. El dibujo no se limita a ilustrar lo que dice el texto: lo prolonga, lo transforma y, a veces, introduce un significado nuevo. Leer y mirar se convierten así en una misma experiencia. Leo representa otra vertiente de esta relación entre imagen y narración. Su novela gráfica El vientre del mar, desarrollada durante sus estudios de Ilustración en Zaragoza, demuestra las posibilidades de la imagen secuencial para construir atmósferas, personajes y mundos.
Algo parecido sucede en el trabajo de Julian Peters, uno de los autores que más claramente ha explorado el llamado poetry comic: sus adaptaciones gráficas convierten poemas de autores como William Carlos Williams, Dylan Thomas o Wordsworth en secuencias visuales. El poema permanece, pero adquiere ritmo, espacio y tiempo a través de las viñetas.
En España, Laura Pérez Vernetti lleva décadas investigando ese mismo territorio. Sus cómics a partir de poemas de Pessoa, Rilke, Maiakovski o Ferran Fernández demuestran que un poema puede contener una narración visual que el dibujante descubre y desarrolla.
También Josema Carrasco, dibujante, ilustrador y poeta, ha trabajado en esa frontera entre ambos lenguajes. En Espectral. Cómic, realizado a partir de poemas de Ángel Guinda, la imagen no acompaña al poema: forma parte de él. Carrasco ha señalado, además, la importancia de aquello que sucede «entre las viñetas», un espacio que recuerda al silencio entre dos versos.
Todos estos trabajos parten de una misma intuición: la poesía no tiene por qué terminar en el verso. Puede continuar en una línea, en una viñeta, en un gesto o en un espacio vacío. Y quizá ahí se encuentre también el interés de la obra de Leo Témez: en recordarnos que una imagen puede leerse y que, a veces, una palabra puede convertirse en dibujo.


















































